viernes, 3 de febrero de 2017

Caminando en L.

                                                           


             El decorado de sombras que adornaban la pieza se fue perfilando alrededor de ellos, cuando no había lugar para escapar de los instintos, estas mismas se tornaban rojas, y fucsias. Bailaban dando vueltas por las paredes de la habitación, de extremos se estremecían, de principios y finales vivían. No había lugar para la distancia, solo la que ella quería, así una y otra vez. Él brindaba por el ritual. Éste calmaba los incesantes sonidos que se aceleraban por debajo de la piel,  moviendo sus huesos, cambiando estructuras, convirtiéndolos en animales. No había lugar para dobles pensamientos, solo uno se hacía presente y la sangre hervía, la sangre llamaba. El piso había dejado de existir junto con la gravedad, la respiración se perdía en exhalaciones, y no retornaba hasta tener contacto con la suavidad de su boca, rasgada, sedienta de contacto, de miradas. Los sonidos se componían de roses, sacudidas y fuerza.
              Siendo la única alternativa para que el calor se extinguiera del lugar donde se encontraba, la lluvia se asomó, ya no se veían con claridad, todo se tornó confuso, salvo para el tacto. El agua no les permitía ver más allá de una cortina brillante, aún así, él seguía pendiente de su boca y aunque fuese imposible, sus miradas seguían tan ligadas
 una con la otra. La temperatura desistió de alejarse tornándose más presente. Por primera vez en mucho tiempo el agua se convertiría en fuego.
Del choque de energía no quedaba más que manchones de imágenes, visualizaciones de placer, hasta que todo no era otra cosa más que una silueta en la borrosa memoria de un hombre.


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